Atrapar al lector

sobre escritura

“Es bueno simular pequeñas lagunas, ya que si la realidad es precisa, la memoria no lo es. Da fuerza al texto no recordar muy bien algo, decir que algo ha existido y no ha sido recordado del todo, o ha sido olvidado.” Borges.

“Puede esperar lo inesperado.” [Publicidad de la película Charada]

Atrapar al lector debe ser el objetivo mínimo del escritor que quiera ser leído. Cuando un escritor comienza a darle vueltas a una historia para llevarla al papel, se produce a su alrededor un torbellino de ideas, preguntas, rostros, frases literales y, por qué no, hasta títulos parpadeantes sobre portadas sin terminar de diseñar. Este proceso viene a ser como meterse bajo una cascada de la que no siempre cae agua y, en no pocas ocasiones, no todo lo que cae es líquido.

Una de las sensaciones primeras que tiene el escritor, una vez que ha escampado el primer chaparrón, es la duda. Y no es una duda nimia ni pasajera, sino que es una duda plúmbea vestida de eternidad. El escritor piensa “bien, ya tengo las piezas para montar una historia pero, ¿interesará a alguien todo esto?”. Atrapar al lector comienza por atrapar su interés desde el principio.

Cuando quiere contar una historia, el escritor honrado no solo debe pensar en el qué, sino que también, y diría que sobre todo, en el cómo. Pues a veces es más importante esto último, ya que no existe sobre la Tierra tema del que no se hayan escrito ya miles de historias. Ahora bien, el campo en el que todavía no está todo dicho es el del enfoque, el de ese cómo del que cada uno somos titulares de una parcela personal e intransferible.

Debe ser consciente el escritor de las expectativas de los lectores, que esperan encontrar “algo” distinto en cada libro al que le dedican varias horas de su vida. ¡Qué menos! Debe ser consciente de que hay que ofrecer al lector una propuesta que saque de lo más profundo de sí sensaciones y, sobre todo, decisiones que ni él mismo era consciente de contener o de producir. Debe ofrecerle al lector la posibilidad de vivir una vida distinta en la que poder tomar, junto a los protagonistas, decisiones sin consecuencias reales sobre temas trascendentes y localizadas en ubicaciones y en circunstancias completamente nuevas para él. Ni más ni menos que eso.

Dice el escritor Harlan Coben: “Quiero atrapar al lector hasta las tres de la madrugada y que me maldiga”. En buena lógica, este debe ser el planteamiento mínimo del que parta un escritor honesto cuando está dándole forma a una nueva historia. ¿Por qué aspirar a menos?

En honor a la verdad, y sin ánimo de ofender, hay escritores (por llamarlos de alguna manera objetiva aunque dolorosa para los escritores de verdad), que no se plantean en un principio esta duda sobre el probable interés del lector y, por algunos de los títulos publicados se diría que tampoco se lo plantean al final, ni su editor tampoco, eso resulta evidente. Y lo que es peor de todo, el lector de ese tipo de títulos tampoco se lo plantea, y no lo hace porque seguramente le da vergüenza o porque se conforman con la publicidad que les ha vendido ‘un buen libro’.

Uno de los métodos tradicionales más utilizados para atrapar el interés del lector una vez que ya hemos conseguido adentrarle en la historia es el denominado ‘cliffhanger’, término inglés que podría traducirse literalmente por “colgando de un acantilado”. Es una técnica que consiste en llevar la acción hasta lo más alto del clímax y allí, antes de asestar el golpe de efecto al lector, callar, cortar abruptamente la acción, para retomarla en el siguiente capítulo o unidad de impresión.

En 1927, la piscóloga Bluma Zeigarnik definió la tendencia a recordar tareas inacabadas o interrumpidas con mayor facilidad que las que han sido completadas. La aplicación literaria de este “efecto Zeigarnik” son estos ‘cliffhangers’ narrativos, es decir, las escenas o imágenes inacabadas que motivan al lector hacia su terminación. Dice María José Codes: “Este recurso es utilizado con profusión en las primeras novelas  por entregas de escritores como Dickens o Wilkie Collins. […] Se cree que el término ‘cliffhanger’ pudo haberse originado a partir de la publicación por entregas de la novela de Thomas Hardy ‘A Pair of Blue Eyes’. […] En una de esas entregas, Hardy deicidió dejar a uno de sus protagonistas literalmente colgado de un acantilado, mirando fijamente los pétreos ojos de un trilobites incrustado en la roca.”

Este recurso, como decía, es una tradición en formatos televisivos que, durante décadas, al final de cada entrega colocaban un cartel que dice “Continuará…” o el inglés “To be continued…” En las series televisivas actuales ya no ponen el cartel al final de cada episodio, porque el público ya ha sido educado, pero siguen utilizando con profusión la técnica del ‘cliffhanger’.

El efecto conseguido es el deseado, desde luego, pero convendría ir pensando sino en dejar de utlizarlo para no saturar al lector, sí al menos en inventar nuevas formas de concretarlo, mediante sugerencias y sutilezas con las que sembremos los pasos previos al clímax. Es decir, procurar que el el efecto ‘cliffhanger’ se produzca de forma natural en la imaginación del lector, suministrándole la información suficiente como para que, de alguna manera, se lo vea venir sin tener que hacérselo tan explícito.

Generar interés en el lector a base de ‘cliffhangers’ no es sinónimo de calidad, antes al contrario, podría estar disfrazando ciertas deficiencias en otras áreas de la composición. El lector, atento de lo que vendrá, se olvida a veces de qué lo llevó hasta allí, de cómollegó o de la mano de quién llegó.

© Víctor J. Sanz

Fuente;http://letrasinquietas.es/atrapar-al-lector/

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