Malas críticas, malos lectores

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Nunca he sido una persona demasiado dada a la corrección política. Con toda franqueza, tanta tontería de aceptarlo todo y a todos porque sí, porque queda bonito, hace mucho que correccin_polticame llegó hasta más abajo del ombligo y, sólo a fuerza de trabajar de cara al público, aprendí a cerrar la boca… con mucho esfuerzo.

 

Pero hasta aquí hemos llegado.

 

Poneos cómodas, sentaos tranquilamente y tomadlo con calma, porque tengo muchas cosas en el tintero y muchos puntos que tratar, así que esto va para largo.

 

Empecemos fuerte: estar alfabetizado no es saber escribir. Porque te hayan enseñado a juntar letras en el colegio —con mayor o menor éxito, sobre todo en lo referido a toda esa tontería de la ortografía y la gramática—, no eres escritor. Tampoco eres arquitecto porque sepas dibujar una casa con dos cuadrados y un triángulo, pero ahí sí que parece que nadie se arriesga a intentarlo y a vivir en lo que diseña. Sin embargo, cada vez nos encontramos con más proyectos de escritor que son capaces de utilizar sin despeinarse palabras como «incapie», escrito así, tal cual, que hasta mi corrector de Word ha pedido la baja por depresión al intentar teclearlo, y eso que mi corrector de Word, como todos, mete la pata con la ortografía cosa mala.

 

Más: si bien hace años el que una editorial te publicara te otorgaba una cierta garantía de calidad, hoy por hoy no es así. Las editoriales publican —y perdón por mi klatchiano— mucha mierda. Y lo saben. Y la publican porque esto es como la democracia: nunca nos gobernarán mejor de lo que nos merecemos, y nunca tendremos mejores libros de los que el mercado demanda.

 

¿Y qué ocurre cuando las editoriales rebajan costes y publican cualquier chorrada por sacarse unas perras y porque les sale barato? Pues que los autores también tienen los lectores que se merecen. Y los que llevamos muchos años acostumbrados a disfrutar de buena literatura nos encontramos con que no podemos ni abrir la boca, porque, además de no saber escribir, tampoco saben leer ni aceptar las críticas con elegancia. Y porque, como siempre pasa con la gente ignorante, no se admiten opiniones diferentes, por muy bien fundamentadas que estén, y porque se confunde al autor con su obra. Aclaremos esto antes de seguir: una crítica a un libro no es una crítica a su autor, por mucho que a éste o a sus fans les pueda parecer así. Y parte del trabajo de un buen escritor —una especie en vías de extinción que deberíamos proteger— es aprender a manejar las críticas aunque escuezan. Que sí, que escuecen. Pero o tienen razón, te la envainas e intentas mejorar, o no la tienen y cierras la boca, que es mejor parecer tonto y mantenerla así, que abrirla y despejar todas las dudas. Pero como esto no lo entiende nadie, la gente se ofende cuando criticas a su ídolo, a esa persona tan cercana y que se rebaja a hablar con el común de los mortales (aclaro: ironía, que parece que en los últimos tiempos nadie la pilla). Veréis, llevo escribiendo críticas y reseñas mucho, mucho tiempo, y mucho más todavía moviéndome por foros y blogs literarios, tanto de romántica como de otros géneros. Algunas de mis críticas son positivas, algunas negativas. Algunas muy positivas y otras muy negativas. Y nunca, jamás, en todos los años que llevo dedicándome a esto, han aparecido fans de un autor extranjero a exaltarse porque lo he puesto mal. Ni porque he escrito una crítica sangrienta,cuidado_con_el_libro ni porque me he desahogado sobre un libro hablando con otra gente en foros o blogs y he puesto su libro de color verde menta para arriba. Nunca. Ni la primera vez. Ha habido gente que ha expresado su desacuerdo, lo hemos comentado y tan tranquilos todos. Y, seamos sinceros: hay muchos más fans de Sherrilyn Kenyon o de George Martin, por poner un ejemplo, que de autores españoles. Y fans muy acérrimos y muy activos. Pero no, oye. Ninguno de esos fans se ha sentido en la necesidad de venir a mentarme a la madre porque he puesto mal el último libro de su autor favorito. Pero algunos fans españoles sí lo hacen. ¿Y por qué? Porque, como decía, esa gente no defiende el producto, defiende a la persona que, a su vez, incita a esa defensa y arenga a sus huestes para que acallen a las voces disidentes. Y oye, me parece muy bien que te creas amiga de una autora y quieras ponerla genial frente al mundo, pero, de verdad, flaco favor le haces.

 

Porque es entonces cuando se deja de razonar y empieza el berrinche.

 

Os voy a contar el proceso, que siempre es el mismo, y que muchos foros y blogs ya han sufrido en sus carnes más de una y más de dos veces. Y voy a hablar de romántica, porque es el último caso que he visto, pero podría hablar de más géneros, por desgracia.

 

Pero antes, permitidme que aclare algo: hay un montón de buenas autoras españolas. Gente que sabe escribir; gente que, a mí, como lectora, me puede gustar o no, pero que se ha ganado un sitio porque se lo merece, porque respeta su trabajo y a sus lectores; autoras que escriben historias maravillosas, bien narradas, bien descritas y con unos personajes coherentes y perfectamente montados. Esto no va por ellas. Va por «las otras». Y cualquiera que lleve algún tiempo en este mundillo, sabe de quiénes hablo.

 

En fin, a lo que iba. Nuestra historia empieza con una española (sí, como decía, siempre son españolas, es lo que pasa por vivir en un país sin autocrítica) que, aburrida en su casa, decide hacer un cursillo de escritura creativa o similar. O, en su versión alternativa, ha estado publicando sus relatos en una plataforma tipo «fanfiction» o cualquier otra del palo y han tenido mucho éxito y la gente le deja muchos «reviews» y le dice que es lo mejor desde Goethe. No, esperad… A Goethe no se lo ha leído nadie en realidad, aunque digan que sí. Es lo mejor desde E.L. James (insértese aquí un hondo, hondísimo suspiro).

 

En fin, como las editoriales andan cortas de efectivo y las autoras españolas salen muy baratas y las buscan con desesperación, le publican el librito, que ya tiene setecientos seguidores en Facebook y eso son unas cuantas ventas aseguradas. Por supuesto, sin hacer una corrección editorial ni de estilo decentes, que eso cuesta pasta. Nota al margen: es por eso, niños y niñas, que os encontráis verdaderos horrores ortográficos en algunas novelas: porque el autor es casi analfabeto y la editorial una irresponsable.

 

Hasta aquí, la cosa va mal, pero esperad, que empeora. ¿Habéis echado un vistazo a las críticas y reseñas que se publican últimamente? Os desafío a encontrar una, una sola, que ponga mal a una autora española. Aparte de las que pueda escribir yo y mis cómplices habituales, me refiero. Buscad, buscad, que yo os espero aquí, tomaos vuestro tiempo. ¿Qué? Nada, ¿verdad? Ni una, ¿a que no? Eso me parecía. Y es que no las hay. ¿Y sabéis por qué no las hay? Pues porque antes las editoriales pagaban la promoción. Ahora no.malfalda_bastaAhora envían libros gratis a un montón de sitios no profesionales, que les hacen el trabajo sin sacar nada a cambio más que un libro que, obviamente, a la editorial no le cuesta lo mismo que a vosotras. Y tan contentas y agradecidas, ese libro se pone bien, porque no se puede poner mal. No, mujer, no seas malpensada, diréis. No, no lo soy. Bueno, sí lo soy, pero no por esto. Y es que yo misma he tenido que aguantar que un editor, probablemente acicateado por la autora y sus fans, monte en cólera porque, habiendo enviado el libro, la crítica fue muy negativa. Porque perdía la perspectiva y no tenía en cuenta que me estaban regalando ese ejemplar. Pues, con todos mis respetos a su categoría como editor y como persona, yo mi mal nombre no lo vendo por diecinueve con noventa y cinco en edición de tapa blanda. Y si digo que un libro es malo, es porque lo es. Y sí, es mi opinión, pero una opinión fundamentada punto por punto, desgranando cada detalle, cada técnica, cada personaje y trama. No es una opinión que ponga: «Oh, cómo me ha enamorado el protagonista, qué hombre más impresionante, yo quiero uno para mí». Bueno, quiero decir, que ponga eso, pero con faltas de ortografía. También está el hecho de que soy irónica y sarcástica, me consta. Pero es mi estilo y, con toda sinceridad, es muy triste tener que justificar el género satírico en un país que ha visto nacer a Góngora y a Quevedo. Maldita LOGSE, que ha dejado la comprensión lectora a la altura de la de una hormiga anémica.

 

Así que, si queréis saber de verdad cómo es un libro, no os fijéis en las críticas. Las críticas se envían a las editoriales y ahí son todos los libros estupendos, maravillosos y geniales. Fijaos en los comentarios, fijaos en que la misma persona que puso al libro por las nubes en la crítica que envía a la editorial, después lo pone a caer de un burro cuando habla de él de forma «extraoficial». A eso lo llamo yo «fiabilidad». Tanta fiabilidad, que ya nadie se cree las críticas, y eso es lo que pierden tanto el lector, como la editorial, como la autora.

 

Bueno, el caso es que, por increíble que parezca, algunos sitios, poblados por irreductibles lectores de calidad, resisten, hoy y siempre, al invasor. Y éstos leen algo que les hace sentirmapa-aldea-gala deseos de arrancarse los ojos con una cucharilla de café, o cortarse las venas con una patata frita al punto de sal, lo primero que tengan a mano. Y lo comentan. E ironizan.

 

¿Y qué pasa entonces? Pues que como las autoras españolas se tienen que currar por sí mismas la promoción, tienen programadas alertas que les avisan de cualquier sitio en el que se hable de sus libros. Y entran. Y leen. Y se espantan de que Nadie, Oh, Nadie, Entienda Su Arte. Ellas son geniales, que se lo dice todo el mundo. Ellas son fantásticas. Fabulosas. No cometen errores. Su mamá, su vecina del quinto y sus doce gatos, la tendera, y sus ochocientos seguidores de Facebook se lo comentan todos los días, así que las equivocadas son esa panda de retrogradas, incultas y maleducadas que ponen su libro a bajar de un burro. Y que no saben leer. Y que son reprimidas, maliciosas, ignorantes y tienen muy mala idea y muy mala leche.

 

Una vez más: hondo suspiro.

 

Si todo acabara ahí, pues mira. Una pataleta de una autora que protesta por unas quejas mejor redactadas que su novela y a otra cosa. Pero es que no acaba ahí, no. Como esta gente no puede vender talento, vende polémica. Como no puede vender educación ni clase, vende cháchara vacía y de autosatisfacción. Así que se van a sus foros privados, páginas de Facebook, blogs y demás, y avisan a sus seguidores de que en tal o cual sitio las están poniendo fatal. ¿Y qué pasa entonces? Pues que, en un alarde de sentir democrático, esta gente entra a saco donde sea y defiende a su ídolo. Que es una mujer encantadora. Y muy cercana. Y que escribe de lujo (con ge). Y que no entienden por qué se la pone tan mal. Que la novela es fantástica y se la recomiendan a todo el mundo. Y que no se puede hablar por hablar, porque si a la página doce ya no has podido seguir aguantando el espanto y tienes ganas de matar a alguien, pues no tienes derecho a criticar.

 

Y allá vamos, a liarla.

 

Y las que hasta ese momento estaban comentando tan tranquilas, y llevan muchos años ortografadebatiendo con otras tan tranquilas como ellas sin que la sangre llegue al río —estén de acuerdo o no, que no todos tenemos los mismos gustos—, se quedan unos instantes paralizadas, sin saber por qué se pone así esa gente. Claro que, cuando empiezan a analizar sus mensajes y ven cosas como líneas y más líneas sin una tilde ni una coma en su sitio, o lindezas como «e visto», «estubistes», «hogeras», «artado», «pastelisanente», «redación»…, y que toman todo por la literalidad, sin captar ni una ironía… Pues ya ven por dónde van los tiros.

 

Y es que cada uno tiene los lectores que se merece, como decía.

 

Es decir, que además de aguantar libros malos, aguantamos a sus malos fans. Si es que venimos a este valle de lágrimas a sufrir, está claro.

 

Podría acabar aquí, pero es que me queda algo más que decir. Aunque, tranquilas, seré breve, que esto ya lo he tratado con mi buena amiga Pepa en otro artículo: estoy hasta las mismísimas orejas de los arquetipos tóxicos y de las estupideces que se están vendiendo en erótica a raíz de la puñetera trilogía que no nombraré. Y estoy hasta las narices de que la gente no vea más allá de las mismas. Y me tiene hasta la mismísima entrepierna que nos aferremos a la corrección política y al «cada uno tiene sus gustos» para justificar lo injustificable.

 

Lo he dicho hasta la saciedad, pero lo repetiré una vez más: lo que un número indeterminado de personas hagan entre ellas con total conocimiento y consenso me parece bien. Todo. Si sabes lo que haces, te gusta y lo consientes de forma libre e informada, disfruta, que la vida son dos días. No tengo por qué decir esto, que mis gustos son míos y a nadie más que aquellos con quien decido compartirlos en mi dormitorio —o donde sea— maltratole interesa, pero lo diré: no tengo ningún tabú, ni vergüenza, ni pudor, ni nada que se le parezca. Nací con una notable carencia en esa área y tan feliz que soy. He probado todo lo que he querido y más, y he terminado por evitar lo que no me ha gustado y por seguir disfrutando de lo que sí, independientemente de lo que la sociedad, la moda o la Santa Madre Iglesia consideren como correcto. Y así será hasta el día en que me muera. ¿Ha quedado claro? Bien, dicho esto, tampoco soy feminista ni me interesa un cuerno serlo. Creo en la igualdad, en las personas y en sus méritos individuales, sin que el hecho de tener genitales internos o externos afecte a mi opinión.

 

Así que si me presentas un libro con gente que tiene una determinada parafilia, y que la disfrutan con otros que la comparten y la aceptan, me lo voy a tomar con tanta tranquilidad como si me dices que se están comiendo un chuletón. Me la pela. Puedo no compartirla, pero me parece bien.

 

Sin embargo, hay un límite que jamás debería traspasarse: el consentimiento. Una violación no es una experiencia consentida: es violencia y es un delito. No hablamos de una fantasía de violación en el contexto de un juego, de un roleplay consentido, hablamos de un delito en toda regla, de algo que no has pedido y que nadie, nadie en este mundo, o en cualquier otro que podáis concebir, se merece. Y si una mujer se enamora de su violador, tiene un problema psicológico grave y debería acudir a un grupo de apoyo y hacerse tratar por un psicólogo, pero no aceptar al delincuente en su cama como un tipo que es digno de amor.

 

Y sí, cada autor tiene derecho a escribir sobre lo que le parezca, pero como cualquiera que lance sus palabras al mundo, tiene una responsabilidad. Porque libros, películas y demás, generan patrones de conducta, nos guste o no, y bastante está cayendo ya con el maltrato, como para que encima vengamos a decirle a las nuevas generaciones que un acto de violencia tan asqueroso y vil como ése se puede perdonar y se puede olvidar.

 

No se puede. Jamás. Ni se debe.

 

Y no me vale el «es una novela de ficción», «hay otra versión más suave» o, mi favorita, es que «como no os gusta el BDSM, no podéis juzgar». A tomar por saco, hombre ya, ¿qué leches tendrá que ver el BDSM en todo esto? Desde el momento en que la víctima —repito: víctima. No se ha dado la violación en un contexto de consentimiento, sino de violencia pura y dura— se enamora de su violador, y el autor no intenta hacer ver al lector Gildaque eso es una aberración, el resto de la trama se cae por su propio peso. Que estremece ver cómo la gente va diciendo que «es una historia de amor preciosa, con mucho sentimiento». Eso no es una historia de amor, ni una historia erótica, ni las narices de un perrito chiquitín. Es apología de la violación. Y es asqueroso. Y escandaliza que la gente no lo vea porque no entiende lo que lee.

 

Hemos traspasado los límites de lo políticamente correcto y estamos cayendo en la estupidez más absoluta. Que por ir de modernos, de comprensivos y de liberales, estamos dando a entender un montón de cosas que son peligrosas, preocupantes y que pueden traer muchos, muchos problemas.

 

Y los autores tienen una responsabilidad, pero las editoriales también.

 

Señores míos, autores y editores, ¿no ha llegado ya el momento de decir «basta» y recuperar la cordura?

 

Yo creo que sí.

 

fUENTE; http://www.cazadorasdelromance.com/index.php/articulos/opinion/malascriticasmaloslectores.html

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