La nieve, se derrite. por Kali Suzume

Cuando llega el invierno lo recuerdo,

lo recuerdo perfectamente, como si de ayer se tratase.

Mis recuerdos siempre me llegan a ese momento, cuando todo comenzó a rodar y a salir bien.

Salimos, no sé porqué pero él me eligió, pero así es como empezó.

Tuve miedo, todo era demasiado bonito para ser verdad, cierto es que esperaba que mi burbuja explotase en cualquier momento, así una vez rota no me diría “¿ves? no podía ser real”. Pero no explotó.

Me sentía nerviosa, porque sin saberlo me enamoré, sin embargo en sus besos siempre noté la distancia, era como si hubiese creado un caparazón, “¿también tendría miedo?”. Dolía, dolía cada vez que era distante, pero ¿qué esperaba de una persona que conocía desde hacía poco?, y no obstante, ahí estaba yo, intentando derretir el hielo.

Poco a poco le noté más templado.

Un día de invierno me acompañó hasta mi autobús, recuerdo que era de noche y hacía mucho frío. Pero, pese al frío, mi corazón estaba a rebosar, quería decir unas palabras, y me sentía inquieta. Creo que es la primera vez que quise decir algo serio, algo que me salía del corazón y quería que le llegase. No me importaba si no decía nada, no me importaba si mi corazón volvía a ser herido, tenía que decirlo y ya esta.

Se qué llevamos muy poco tiempo, pero te quiero.

Esas fueron mis palabras, aunque, el no dijo nada. Por un lado me sentí aliviada por decirlo, por otro decepcionada, volví a tener miedo, porque me pareció que fui precipitada. El sólo me apretó más contra el.

Después de eso llegó mi autobús, nos despedimos con un beso y nos dijimos adiós.

De verdad que pensé que sería el último, porque soy así, ilusa.

Quizás lo estropeé todo.

Pero decidí una cosa, que este sentimiento durase lo que quisiera durar, que disfrutaría lo bueno y lo malo y no me arrepentiría de nada. Le esperaría hasta que él me quisiera.

Poco a poco, igual que la nieve, su corazón se fue descongelando, lo sé porque una noche que salimos, entre las luces del pub y la gente lo vi.

De repente me miró a los ojos, esos ojos castaños se tornaron miel, nos miramos durante lo que para mi pareció horas. Entonces lo supe, no había necesidad de palabras, esa fue una de esas miradas que lo dicen todo, era como si hubiese mirado a través de una ventana hacia su interior.  Sé que suena demasiado típico, pero por una vez entendí la frase “los ojos son el espejo del alma”.

Entonces supe que el me quería, que había comenzado a quererme.

No me importa que no pudiese decirlo, yo lo diría por los dos. Y, algún día, el lo diría.

Kalí Suzume

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