Nunca más por Kali Suzume

La lluvía recorre su rostro, borrando consigo toda la tristeza acaecida.

Ella alza su mano a la lluvia, mirando sus magulladuras, ahora, amarillas. Quiere que la lluvia también se las lleve consigo. Quiere que el dolor del amor se lo lleve todo y todo lo sufrido.

¿Porqué el amor duele tanto?¿ Es acaso un espejo del alma de enamorado? ¿Es una muestra de la verdadera alma de los humanos?

Tonta. Fue tan ilusa, fue tan inocente. Creía que el amor era así, que los golpes eran parte de su amor incondicional, que en realidad la amaba tanto que no podía contenerse. Ilusa.

Todo era tan perfecto, tan de cuento, que cuando el cuento se tornó pesadilla ella siguió intentando vivir en su castillo roto, negando la realidad. El me ama, dice ella frente al espejo con su ojo morado. El me quiere, dice cuando su nariz se rompe al empujarla al suelo. Soy yo quien le obliga a golpearme, no debí hablar con ese señor que se había perdido, no debí haberle preparado una comida que no le gustaba.

Sus amigos, su familia, todo roto y apartado, porque “le quiero” debo dejar ir a mis amigos, a mi familia, porque solo le tengo a él. Y sólo a él.

Un golpe, dos golpes, una muñeca rota, un ojo hinchado, moratones, lágrimas y dolor.

El amor duele, piensa bajo la lluvia, pero no se cubre, quiere que el agua lo borre todo.

¿Cuándo empecé a excusarle? ¿porqué seguí amándole? ¿Cómo puedes amar algo que no para de hacer daño?

Debí ver las señales, piensa, cuando empezó a tratar de convencerme de hacer cosas que no quería, quizás fue ahí cuando empezó. Comencé a decirme, no, soy yo quien debería hacerlo, porque es mi culpa, y claro todo el mundo tiene sus defectos, el tiene razón.

Más tarde, comenzaron los golpes.

No sé porqué seguí amándole, ni perdonándole, ni excusarle. No, el no se lo merece.

Su mano temblorosa llamó para que se lo llevasen lejos, a un lugar dónde el no le pueda hacer daño. Su familia acudió a la llamada, la arropó, le curó las heridas, la consoló y la apoyó. Ella volvería a ser fuerte, volvería a reír y a decirle al mundo que nadie, nunca más, podrá hacerla daño.

Kalí Suzume

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