Los trucos de los grandes escritores: Isabel Allende

Isabel Allende Llona nació en Lima, Perú, el 2 de agosto de 1942, aunque nunca se ha considerado peruana, sino chilena. Hija del diplomático Tomás Allende Pesce y de Francisca Llona Barros, nació en Lima mientras su padre trabajaba como embajador de Chile en Perú y es la mayor de los tres hijos del matrimonio (sus hermanos menores son Juan y Francisco). Su padre era primo hermano de Salvador Allende, presidente de Chile entre 1970-1973 (en algunas publicaciones se les cita erróneamente como hermanos). Isabel Allende es de ascendencia vasca por parte paterna y de ascendencia portuguesa, vasca y castellana por parte materna. Sus padres se separaron en 1945, y su madre retornó con Isabel y sus dos hermanos a Chile, donde vivió desde 1946 hasta 1953. Desde ese año y hasta 1958 su familia residió sucesivamente en Bolivia, donde frecuentó una escuela estadounidense, y Líbano, donde asistió a un colegio privado inglés. Retornó a Chile en 1959 y se reencontró con Miguel Frías, con quien contrajo matrimonio cuatro años más tarde. La pareja tuvo dos hijos: Paula (1963) y Nicolás (1966), ambos nacidos en Santiago.

A raíz del golpe de Estado del 11 de septiembre de 1973 contra Salvador Allende y del advenimiento de la dictadura de Augusto José Ramón Pinochet Ugarte, se exilió en Venezuela, donde vivió hasta 1988. Los viajes constantes que emprendió promocionando sus libros hicieron que su matrimonio con Frías terminara. Divorciada de su marido, se casó con Willie Gordon el 7 de julio de 1988 en San Francisco. Ha vivido en Estados Unidos desde 1988 y en 2003 obtuvo la ciudadanía de ese país.

Es miembro de la Academia Estadounidense de las Artes y las Letras desde 2004 y ganadora del Premio Nacional de Literatura de su país en 2010, pero nunca ha estado en los finalistas al Premio Nobel. Autora de superventas, la tirada total de sus libros alcanza 57 millones de ejemplares y sus obras han sido traducidas a 35 idiomas. Es considerada la escritora viva de lengua española más leída del mundo.

Vamos a descubrir a esta genial escritora a través de su texto “Del Oficio de la Escritura”, redactado para clubcultura.com, que hoy rescatamos en nuestro blog de viveLibro y donde nos da las claves de cómo es su relación con la escritura y cómo debemos escribir para llegar a ser autores de éxito. Así es y así piensa, Isabel Allende:

La escritura es para mí un intento desesperado de preservar la memoria. Soy una eterna vagabunda. Por los caminos quedan los recuerdos como desgarrados trozos de mi vestido. De tanto andar se me han desprendido las raíces primitivas. Escribo para que no me derrote el olvido y para nutrir las desnudas raíces que ahora llevo expuestas al aire.

El mío es un oficio de paciencia, silencioso y solitario. Mis nietos, que me ven ante el ordenador durante horas interminables, creen que paso castigada. ¿Por qué lo hago? No lo sé. Es una función orgánica, como el sueño o la maternidad. Contar y contar. es lo único que quiero hacer. Debo inventar muy poco, porque la realidad es siempre más espléndida que cualquier engendro de mi imaginación. En el mejor de los casos la escritura intenta dar voz a quienes no la tienen o a quienes han sido silenciados, pero cuando lo hago no me impongo la tarea de representar a nadie, trascender, dar un mensaje o explicar los misterios del universo, simplemente trato de contar en el tono de las conversaciones privadas, procurando que no se me olviden el humor y la compasión, dos ingredientes necesarios para dar vida a los personajes.

Soy afortunada, provengo de una familia extravagante. Un montón de locos deliciosos conforma nuestra pintoresca estirpe. Ellos han inspirado casi todas mis novelas. Con parientes como los míos no se necesita imaginación, ellos proveen todos los componentes del realismo mágico.

Mis libros nacen de una emoción profunda que me ha acompañado por largo tiempo. Nostalgia por Chile, mi patria a los pies del mundo, motivó “La casa de los espíritus”. En esa novela quise reconstruir, desde el exilio, el país perdido después del Golpe Militar de 1973, resucitar a los muertos, reunir a los dispersos. Vivía yo en Caracas como miles de otros inmigrantes, refugiados y exilados, cuando el 8 de enero de 1981 recibí una triste noticia desde Santiago: mi abuelo, un viejo formidable que iba a cumplir los cien años, agonizaba.

Esa noche instalé en la cocina mi máquina de escribir y comencé una carta para aquel abuelo legendario. Era una carta espiritual que él jamás leería, La primera frase fue escrita en trance, mis dedos volaron sobre el teclado y antes que alcanzara a darme cuenta había escrito: Barrabás llegó a la familia por vía marítima. ¿Quién era Barrabás y por qué llegó por vía marítima? ¿Qué tenía que ver Barrabás en una carta de despedida de mi abuelo? Aún no lo sabía, pero con la confianza del ignorante seguí escribiendo sin pausa ni respiro, cada noche, sin mayor esfuerzo, como si voces secretas susurraran la historia al oído. Al cabo de un año tenía quinientas páginas sobre la mesa de la cocina. Había nacido “La casa de los espíritus”. Ese Barrabás que llegó por vía marítima habría de cambiar mi destino; nada volvió a ser igual para mí después de esa frase. “La casa de los espíritus” me inició en el mundo sin retorno de la literatura.

También a partir de un sentimiento profundo escribí mi segunda novela. Indignación por la brutalidad impune de las dictaduras que asolaron nuestro sufrido continente en la década terrible de los setenta, produjo “De amor y de sombra”. En esas páginas quise encontrar a los desaparecidos, enterrar sus restos con dignidad y llorar por ellos. Esa novela, escrita en el tono de una crónica periodística, está basada en un crimen político. Durante el Golpe Militar de 1973, miles de personas murieron o desaparecieron en Chile, entre ellas 15 campesinos de la localidad de Lonquén, a cincuenta kilómetros de Santiago. Mis dos primeras novelas fueron llevadas al cine. En verdad esas películas son bastante mejores que mis libros.

Mi tercera novela “Eva Luna” y mi colección de cuentos, “Cuentos de Eva Luna” son libros feministas que, estoy segura, habrían resultado insufribles sin el toque sensual e irónico del Caribe. La influencia de Venezuela, ese verde y alegre país donde viví durante trece años, los salvó de ser panfletos de liberación.

Nací en una sociedad austera. Nuestros genes de esforzados inmigrantes castellanos y vascos, nuestra sombría sangre araucana, el rigor de las abruptas cordilleras andinas y las tempestades del océano Pacífico, nos dan a los chilenos un carácter circunspecto y a veces severo. Nos tomamos muy en serio y nada nos asusta más que la posibilidad de hacer el ridículo. En Venezuela me desprendí de ese temor y de muchos otros prejuicios, aprendí a cantar, a bailar y a reírme de mí misma. El humor suele ser un arma poderosa. Por eso en “Eva Luna” y en los “Cuentos de Eva Luna” trato el feminismo con cierto desenfado, que molestó a algunas feministas de la vieja guardia. Me acusaron de traición.

El término feminista se ha desprestigiado en los últimos tiempos -no es sexy- y veo que muchas mujeres retroceden asustadas cuando lo oyen. ¡Por Dios, no vayan a pensar que no les gustan los hombres o que no se depilan las piernas! Yo anuncio con orgullo que lo soy. Desde muy joven he tenido conciencia de las diferencias y similitudes entre los sexos, de la doble moral, que coloca a las mujeres en tremenda desventaja, y del machismo imperante en nuestra cultura. He cuestionado todo: tradición, mitos, cultura, familia, leyes, religión, ciencia, en fin, todo aquello que manipulan los hombres. Supongo que la mayoría de las mujeres se siente cómoda en su condición femenina. A mí me costó cuatro décadas aceptarme, antes quería ser hombre. No era envidia freudiana ¡por favor! ¿Quién puede envidiar ese pequeño y caprichoso apéndice?

A los cuarenta y cinco años, recién divorciada de un paciente marido, que me soportó estoicamente por un cuarto de siglo, andaba yo de gira por California, cuando tropecé con William Gordon, el último heterosexual soltero de San Francisco. Ese hombre habría de darle un vuelco a mi vida y servirme de inspiración para mi quinto libro: “El plan infinito”. La emoción tras este libro me temo que no tiene nada de sublime o heroico, fue pura lujuria. Cuando conocí a Willie llevaba mucho tiempo durmiendo sola. Dos o tres semanas, me parece. Le caí encima como un huracán y antes que alcanzara a darse cuenta, estaba casado y yo le estaba robando la historia de su vida para escribir una novela sobre California.

En 1991, justamente cuando presentaba “El plan infinito” en Madrid, mi hija Paula tuvo un ataque de porfiria y cayó en coma en una clínica madrileña. La porfiria es una rara condición que hoy en día no tiene por qué ser mortal, pero Paula tuvo mala suerte. Por descuido médico en la Unidad de Cuidados Intensivos, mi hija sufrió daño cerebral severo. En el hospital se demoraron cinco meses en admitir lo que había sucedido. Finalmente me entregaron a Paula en estado vegetativo. La traje a nuestra casa en California, donde mi familia y yo nos turnamos para cuidarla.

Paula murió en mis brazos en la madrugada del 6 de diciembre de 1992. Ese es el golpe más brutal de mi existencia. Después de su partida un tremendo vacío ocupó la casa y mi vida; no podía entender por qué no morí con ella. Entonces llegó mi madre con la idea salvadora de que no hay que desear la muerte, porque ésta llega de todas maneras, el desafío es la vida. Colocó sobre mi mesa, junto a mis cuadernos amarillos, ciento noventa cartas que yo le había escrito durante ese año, contándole paso a paso la devastadora enfermedad de mi hija, y me dijo: toma, Isabel, lee y ordena todo esto, para que comprendas que la muerte es la única liberación posible para Paula. Hice lo que ella me pedía y poco a poco, frase a frase, lágrima a lágrima, nació otro libro, que titulé “Paula”. No es una novela, sino una descarnada memoria, escrita para mi hija, como un exorcismo para vencer a la muerte. Curiosamente, no es un libro triste, es una celebración de la vida y del aventurero destino de nuestra familia. Mi abuela decía que la muerte no existe, que sólo morimos cuando nos olvidan. Mientras yo viva, Paula vivirá conmigo. ¿No es ése finalmente el propósito de la escritura? Vencer al olvido.

Mis novelas no se gestan en la mente, crecen en el vientre. No escojo el tema, el tema me escoge a mí. Mi trabajo consiste en dedicar suficiente tiempo, silencio y disciplina a la escritura para que los personajes aparezcan de cuerpo entero y hablen por sí mismos. No los invento, son criaturas que existen en otra dimensión, esperando que alguien las traiga al mundo. Soy sólo un instrumento, algo así como una radio; si logro sintonizar la frecuencia precisa, tal vez los personajes se manifiesten y me cuenten sus vidas.

Cada 8 de enero, cuando comienzo otro libro, oficio una ceremonia secreta para llamar a los espíritus del trabajo y la inspiración, luego pongo los dedos en las teclas y dejo que la primera frase se escriba sola, como en un trance, tal como se escribió Barrabás llegó por vía marítima en “La casa de los espíritus”. Carezco de un plan, no sé lo que ocurrirá. Esa frase inicial entreabre una puerta por donde me asomo tímidamente a otro mundo. En los meses siguientes explorará ese territorio palabra a palabra. Los personajes, que al principio son muy borrosos, irán revelándose con sus contornos precisos, cada uno con su propia voz, su biografía, su carácter, sus mañas y grandezas, tan reales e independientes que sería inútil de mi parte tratar de controlarlos. La historia se desdoblará lentamente, un pliegue a la vez, hasta llegar a los estratos más profundos.

Sin embargo, eso no ocurrió después de la muerte de mi hija. Ningún personaje vino a golpear mi puerta. Creí que la fuente de historias -que antes me parecía inagotable- se había secado. Por tres años no pude escribir ficción. Entonces recordé que soy periodista y que si me dan un tema y tiempo para investigar, puedo escribir sobre casi cualquier cosa. Me di un tema lo más alejado posible del duelo y terminé escribiendo “Afrodita”, una memoria de los sentidos. “Afrodita” es un libro sobre gula y lujuria, cocinar y amor. Ese tema, que necesariamente debía ser abordado en forma juguetona y humorística, me arrancó de la depresión; volví a mi cuerpo, a las ganas de vivir y a escribir ficción.

El 8 de enero de 1998 empecé “Hija de la fortuna”, una novela cuyo tema es la libertad. La protagonista, Eliza Sommers, es una joven chilena que se embarca en 1849 en Valparaíso, para ir a la fiebre del oro en California, siguiendo a su amante, que ha partido un par de meses antes. Eliza ha sido criada como una señorita victoriana, prisionera entre las cuatro paredes de su casa. En California debe quitarse el corsé, vestirse de hombre y salir a la conquista de un mundo masculino, sin más armas que su propio coraje. Durante varios años persigue en vano la sombra de ese amante escurridizo. Por el camino Eliza Sommers adquiere algo tan precioso como el amor: adquiere la libertad.

Cuando terminé esa novela algunos lectores me escribieron diciendo que querían saber más de los protagonistas. Supongo que no les gustó el final abierto. En el 2000 escribí “Retrato en sepia”, que no es una segunda parte de la novela anterior, porque puede leerse en forma independiente, pero retoma algunos personajes de ella. Es la historia de Aurora del Valle, nieta de Eliza Sommers. Esta muchacha, nacida en el barrio chino de San Francisco, sufre un trauma en la infancia y pierde la memoria de los años anteriores a ese acontecimiento. Después es adoptada por su abuela paterna y le tocará hacer el viaje inverso de su abuela Eliza Sommers, tendrá que ir de California a Chile. La novela transcurre principalmente durante los últimos treinta años del siglo XIX, una época muy interesante en Chile. En ese tiempo hubo varias guerras y una sangrienta revolución, creo que entonces se formó el carácter nacional. El tema de esta novela es la memoria, tema recurrente y fundamental en mi propia vida. En este libro retomé también algunos personajes de mi primera novela, “La casa de los espíritus”, creando así una trilogía con los tres libros, primero “Hija de la fortuna”, segundo “Retrato en sepia” y tercero “La casa de los espíritus”.

Mi libro más reciente es “La ciudad de las bestias”, una historia de aventuras y de magia situada en el Amazonas. Esta vez espero que mis lectores sean niños y jóvenes. Después de haber escrito dos largas novelas históricas, necesitaba recobrar la libertad juguetona de la infancia, soltarme, agilizar la pluma, ejercitar la imaginación. ¿Qué mejor entonces que un libro para niños? Nunca me había divertido tanto escribiendo como en esta ocasión. Espero que los personajes de “La ciudad de las bestias” vuelvan a acompañarme en otros libros y en otras aventuras.

Los acontecimientos y la gente que he conocido en el viaje de mi vida son mi única fuente de inspiración. Por lo mismo trato de vivir con pasión, expuesta a todos los vientos y sin miedo a los dolores inevitables. Las experiencias de hoy son mis recuerdos del mañana y serán mi pasado, la sal de mi existencia. Si pretendiera una vida segura no podría escribir: ¿qué contaría? Mi memoria está hecha de aventuras, amores, sufrimientos, separaciones, cantos y lágrimas. Las pequeñeces cotidianas han desaparecido. Al mirar hacia atrás tengo la impresión de haber protagonizado un melodrama, pero puede no ser verdad: la imaginación me traiciona. Paso tantas horas callada y a solas, que la realidad se me desdibuja y termino oyendo voces, viendo fantasmas e inventándome yo misma. El tiempo se me enreda y empieza a caminar en círculos. He vivido lo suficiente para ver la relación entre los acontecimientos y comprobar que los círculos se cierran. Piso con mucho cuidado porque se me ocurre que cada acto, cada palabra, cada intención obedece, tiene importancia en el diseño final de la existencia. Tal vez el tiempo no pasa, sino que nosotros pasamos a través del tiempo. Tal vez el espacio está lleno de presencias de todas las eras, como decía mi abuela, y todo lo que ha sucedido y lo que sucederá coexiste en un presente eterno. En pocas palabras: creo que todo es posible.

En todo caso, ahora que he alcanzado una edad respetable, observo mi pasado con una sonrisa y la muerte inevitable con gran curiosidad. No hay nada tan liberador como la edad. y como el dolor. No tengo planes, deseos, temores ni remordimientos: puedo escribir en plena libertad. Ahora sé que para escribir hay que perderle el respeto a la palabra . Hay que perder el miedo a los críticos, a los profesores y a los otros escritores. Hay que escribir por el placer de contar, no para ganar premios o para que nos digan que lo hacemos bien. Escribir no es un trabajo de inspiración en el que de pronto a uno le cae una idea genial del cielo y saca una obra maestra . Eso sólo les pasa a los genios como Mozart, que son capaces de sacar un concierto en un día. La mayoría de los escritores trabajan muchas horas y pierden muchas hojas. Para escribir ficción hay que entrenarse con el rigor, la paciencia y la disciplina con que se entrena una atleta. A la mayoría de los estudiantes les cuesta entender eso. Hay un chiste que resume bien lo que la gente cree que es la escritura. Se encuentra un escritor con un neurocirujano en un cóctel y el neurocirujano le dice: “Cuando me retire, voy a escribir mis memorias”. Y el escritor le contesta: “Y yo cuando me retire voy a hacer neurocirugía”.

 

Fuenete:vivelibro

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