La escritura desacostumbrada de James Salter

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Debemos a Antonio Muñoz Molina muchas cosas, y primero que nada su propia literatura, llena de experiencia personal y de cultura, cálida y rítmica como un saludo de noche. Pero le debemos también la lectura que nos recomienda. Hay un libro suyo que yo recomiendo a mi vez, Pura alegría, que es como un compendio de sus lecturas, clásicas o contemporáneas, pues la mezcla forma parte de su gusto y lo unívoco, lo total, forma parte de su disgusto.

En abril de este año Muñoz Molina recomendó en uno de sus muy sustantivos artículos de Babelia la escritura de James Salter, al que él acababa de descubrir. Ahí citó algunos libros del expiloto norteamericano, que también ha sido cineasta, hombre de teatro y finalmente escritor de un poderío increíble, tanto como para haber mantenido despierto a su colega granadino, que declaraba en aquel artículo que leyó Light years en una noche, hasta que amaneció. Desde que saltó el nombre de Salter mi memoria lo fue buscando hasta que este verano, temprano en agosto, me puse a leer lo que me recomendaron más, sus memorias, Quemar los días, publicadas en España (como otros de sus libros) por Salamandra.

La traducción es de Isabel Ferrer Marrades, y seguro que le hace justicia al ritmo y a la ironía de Salter, a su capacidad para contar sin que uno llegue al cansancio o al desmayo, deseando que las horas duren tanto como las horas o los días del escritor. Ese es un gran mérito de la traductora y lo subrayo con muchísimo gusto porque ya se sabe que el traductor traiciona si no responde bien a lo que traslada y sublima si es fiel a lo que escucha. Esta traductora sublima.

En cuanto al libro: la primera parte me asaltó como un mazazo en la cara y en el espíritu. La guerra, que es lo que cuenta, pues fue piloto en la guerra mundial y después, es en sus memorias el subrayado de la naturaleza humana, grande y mezquina a la vez, ruin y generosa; expuesta al momento en que la vida es precisamente a vida o muerte, esa grandeza o esa ruindad alcanzan grados candentes de metáfora. Y esas metáforas que están debajo y dentro del libro de Salter son las que te atenazan la garganta de lector. No hay ni un minuto de respiro, no hay un instante sin que no esté latente el peligro del fuego. El viaje es aquí una constante avanzadilla hacia la probabilidad de la nada, pues no es el accidente lo que te espera, sino la metralla, y a esa la dominan el azar y la locura.

Esa parte del libro es una explicación de la guerra tal como se ve desde arriba. Hay un episodio conmovedor y terrible en el que Salter cuenta qué es para él la guerra desde que la vio como piloto. Después de describir el horror (el que sufrían otros, el que quizá le esperaba, el que sufrió Lorca, el que pintó Goya, el que narró Tucídides o el que narró Isaac Babel), Salter acaba con estas palabras: “…Pero en la guerra nada dura y los poetas caen junto a los labriegos, un festín de moscas en sus caras. Para nosotros era sencillo y siempre lo mismo: ¿quién constaba en el plan de vuelo? ¿Cuál era el pronóstico meteorológico, qué habían visto las misiones anteriores?”.

La segunda parte del libro es la vida de Salter después del aire quemado de su experiencia en la guerra; ya es un escritor, encuentra a colegas suyos (Irwin Shaw, sobre todo), frecuenta a agentes y a productores, se hace amigo de editores, conoce mujeres, y conoce el dolor y la angustia de perder a una hija, una experiencia que nunca llega a contar del todo porque simplemente se siente incapaz. Ahí sube de tono la capacidad de Salter para emocionar; aquella manera átona, casi distante, de contar la guerra se convierte aquí en el bisturí que él destina a desvelar su propia alma hasta los extremos más delicados del pudor.

“¿Cuándo fui más feliz, más feliz que nunca en la vida. Era difícil decirlo”, escribe Salter. Leyendo su libro de memorias uno ha transitado por espacios en los que es posible vislumbrar esas felicidades chiquitas que decía Sciascia que era la felicidad, pero como para Scott Fitzgerald (que es una referencia) o como para Hemingway, o como para todos esos escritores que él admira, como Capote o como el propio Shaw, el martirio de la literatura es que sirve de vehículo para contar la dicha pero siempre ofrece instrumentos para no creérsela.

Ahora cuando me piden que recomiende un libro les digo que lean éste y que si no tienen demasiado tiempo para conocer bien a Salter empiecen por la segunda parte. “La vida verdadera se vive en algún sitio”, escribe en la página 230, “pero no donde tú estas”. De ese conmovedor vacío va el libro. Léanlo, busquen tiempo.

 

Fuente:laopinion

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