¿Plagio o intertextualidad? Una fina y delicada línea separa el juego literario de la burda copia

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En el año 2001, el mundo cultural español vivió una gran polémica -no exenta de intencionalidad política cuando el entonces director de la Biblioteca Nacional, el escritor Luis Racionero, fue acusado de plagiar en su obra Atenas de Pericles -publicada años atrás, en 1993-, unas decenas de páginas pertenecientes a diferentes obras de los historiadores británicos Gilbert Murray y Arnold J. Toynbee.  Racionero rechazó las críticas con una frase que por entonces hizo fortuna: para él, su caso no se trataba de un plagio “sino de intertextualidad”. Este concepto originó un debate intelectual sobre los límites de la intertextualidad y el terreno de la copia y la fina y delicada línea que separa dos conceptos que cada vez más se tienen en consideración por parte de la legislación, los tribunales e, incluso, los estudios universitarios, como pone de manifiesto el primer posgrado de Lingüística Forense impulsado por la Universidad Pompeu Fabra este año.

Intertextualidad es un concepto que utilizaron lingüistas como Julia Kristeva o Gerard Genette para definir una relación entre dos o más textos: en cada texto literario (pero también en otros campos como el musical o el cinematográfico) encontramos referencias en forma de fragmentos, citas o frases a textos de autores anteriores que el lector atento puede reconocer más o menos fácilmente. El autor utiliza material ajeno junto con el propio para producir una obra completamente nueva. Los nuevos textos juegan con los precedentes. Hasta aquí todo correcto. El problema estalla cuando estas referencias se hacen pasar como propias, copiándolas literalmente y sin citarlas en ningún momento, para expresar lo mismo que ya estaba dicho: aquí la originalidad ha desaparecido. De la intertextualidad hemos pasado al plagio.

Pero hay ocasiones donde este uso de las ideas de otro autor resulta tan exacto que podría considerarse plagio, aunque según Maria Teresa Turell, catedrática de Lingüística Inglesa en la Universidad Pompeu Fabra (UPF), “este plagio es más difícil de detectar que el plagio de expresiones lingüísticas”. Teresa Turell dirige el ForensicLab, un laboratorio de lingüística forense que elabora informes periciales de supuestos plagios que se admiten como prueba en los casos que acaban en los tribunales. Pero la mayoría de las veces ni siquiera se llega a interponer la denuncia. Para la directora del ForensicLab, “en literatura es difícil establecer el plagio, ya que tomar prestadas las ideas y los textos que las expresan es una actividad que cuenta con la aprobación de los mismos escritores. Copiar ideas o estructuras lingüísticas de otro autor es una práctica habitual. Otra cosa son las traducciones, donde se producen muchos más casos”.

La intertextualidad ha estado presente en literatura desde sus inicios, y hay ejemplos incluso en algunos de los clásicos de la literatura universal. Lo mismo se puede afirmar del plagio, que siglos atrás ni siquiera estaba mal considerado. El concepto de plagio como un delito es del siglo XIX, cuando aparecieron los primeros planteamientos sobre propiedad intelectual. Hoy en día abundan las denuncias de plagio y cuando afectan a personajes de proyección mediática adquieren un notable protagonismo público. La escritora italiana Susanna Tamaro, acusada -y absuelta- de plagio, manifestó que la creciente oleada de acusaciones “es una moda peligrosa procedente de Estados Unidos. A no ser que te encuentren páginas y páginas copiadas, se tendrían que prohibir”.

Para Maria Teresa Turell, se trata de todo lo contrario: “la moda es copiar. A mí me molestaría mucho ver cómo utilizan mis ideas y encima con mis propias palabras. Pero en nuestro país, copiar no está mal visto”, concluye.

El índice de copias es muy numeroso en el mundo académico. Internet ha contribuido a ello: existen millones de documentos en todo el mundo que pueden reaprovecharse. Precisamente, entre las tareas que llevan a cabo CEDRO y las entidades de autores, como la ACEC, para defender los derechos de los creadores en el entorno digital, existe la regulación de medidas en esta línea.

Internet, pese a todo, es un buen método para combatir el plagio. El ForensicLab usa herramientas de búsqueda para hallar textos que se puedan comparar con los “sospechosos”, o para estudiar las marcas lingüísticas del supuesto autor comparándolas con otros textos. El ámbito digital facilita la búsqueda de casos que se mueven en la frontera del plagio: estudiantes que descargan trabajos de webs de acceso público, profesores universitarios que utilizan los trabajos de sus alumnos, estudiosos que se copian entre ellos… la lista es larga, y ninguno de estos casos puede excusarse en la intertextualidad.

Fuente:ACEC

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